EL INVIERNO Y LOS RECUERDOS

“El invierno

de lunas anchas y pequeños días

esta sobre nosotros. Hace tiempo

yo era niño y nevaba mucho,

mucho. Lo recuerdo

viendo a la tierra negra que reposa,

apenas por el hielo

de un charco iluminada.

Es increíble: pero todo esto

que hoy es tierra dormida bajo el frío,

será mañana, bajo el viento,

trigo.” (Ángel González)

Los recuerdos siempre son poema y cuento o leyenda… Y llega un día, si lo vivido germina y da su fruto, en que nuestros recuerdos, son nuestra mas preciada riqueza. Por la infancia y por los que me llevaron de la mano, me quedo con esa riqueza y la comparto desde la oportunidad de las palabras.

…Y desde el recuerdo cuento que… Había una vez una escuela, una nevada, una burra y una enseñanza. La enseñanza era la que el padre quería dar a sus hijos y que se basaba en la responsabilidad de hacer por encima de todo lo que era nuestra obligación, en aquel caso acudir a la escuela y aprender pasara lo que pasase. La burra dormitaba en la cuadra, de las pocas veces que hubo una burra en casa. La nevada llegó de noche para quedarse… Y la escuela ya estaba, aunque diezmada de infancia.

Y sucedió que nos levantamos los hermanos y vimos como la nieve caía y caía. La nieve fue siempre una alegría en los corazones de los niños de las tierras altas, la nieve era aventura, juegos, historias de chimenea, caladuras, albarcas, casa y establo; pero la nieve, la mucha nieve era además sinónimo de escuela cerrada, de maestra lejana y pupitres vacíos…

Todo eso estalló en nuestro interior aquella mañana, y mientras desayunábamos las rebanadas de pan en la chapa, y la mantequilla de dibujos que hacia mi madre, nuestro padre andaba de casa a la cuadra y de la cuadra a casa. ¡Lo último que pensábamos aquella mañana era en ir a la escuela! Pero por fin entró en la cocina lleno de copos blancos en su pelliza y nos dijo a todos, que éramos cinco: -“A taparse bien, que vamos a clase” Y todos, incluida mi madre –“¡Pero como van a ir los niños, según está el tiempo!” “La escuela es sagrada,” – Zanjó mi padre. “Pero si no habrá nadie… Si hay medio metro de nieve”, – Volvió mi madre. No hubo nada más que decir, los mayores quedamos distantes y mi padre para hacérnoslo más agradable, tiró de ilusión.

Salimos al patio pertrechados y bien tapados y allí estaba la pobre burra con su serón, sus orejazas y sus ojos lastimeros dispuestos a llevarnos a todos de un solo viaje a la escuela. Yo quiero adelante, yo quiero atrás, yo en el medio… Uno de nosotros, al montar y con el ímpetu, hizo un santo en la nieve, quedando a merced de las patas del pollino, que rescatado por mi padre y después de una colleja, subió con más cautela a lomos de la desdichada caballería. Y los cinco en lo alto y nuestro héroe al ramal, comenzamos la aventura de llegar a la escuela. La nieve caía con fuerza que cegaba la vista, todos cogidos y encogidos por el frío y con unas mantas por encima de nuestras cabezas, seguíamos en el avance. Los mayores tocábamos la nieve con la punta de las botas katiuscas. El padre iba contando y cantando por el camino y los niños poníamos todos nuestros sentidos en no caernos y finalizar con bien la aventura. Pasamos el puente, donde ni el pretil se dibujaba. Nos estaba gustando el viaje y rezábamos para que al llegar no hubiese, ni llave, ni maestra, ni con quien hablar. …Y nos escucharon de lo Alto y así fue; Por eso si la ida fue emocionante y con reservas, la vuelta fue de espectacular alegría. Casi nos caemos de lo que nos movíamos; y ni la ventisca, ni el frío, pudo con nuestra ilusión. Una auténtica aventura enmarcada ahora en los márgenes de nuestra infancia y a sabiendas entonces que nos quedaban días de chimenea, frio, establo y televisión.

Pero en aquellos tiempos y en aquellos pueblos, ver la televisión era también una aventura, una historia que si no fuera cierta, estaría igualmente bien contada en honor a aquellos padres que subían al páramo a enchufar las baterías en medio de la tormenta y a las vecinas que abrían los paraguas más grandes desde sus casas para dejar constancia de que había señal, aunque fuera escasa. Las más de las veces, ni se veían los paraguas, ni se intuían. Y las más de las veces ver la televisión era un ejercicio de imaginación excelente. Para nosotros, niños de pueblo, ver la televisión era imaginar lo que no veíamos, era un acto de fe y para nuestros padres la mejor manera de tenernos tranquilos en casa aquellos días que la calle era imposible. Siempre quedaba la posibilidad, si la señal era nula, de inventarla, con una caja de cartón grande y con ayuda de la madre; pero esa, fue otra historia…

Rodolfo Montero

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